RÉQUIEM PARA LA ARMADA
En las páginas del Quijote hay momentos en que algunos personajes cuentan las historias de sus sueños adentro de otros sueños, experiencia que lejos de preocupar al lector, lo deslumbra, por la singular belleza de esa novela y porque sabemos que en el fondo somos partícipes de una ficción, ya que de eso se trata la literatura.
Algo distinto, y por supuesto más inquietante, sucede cuando en un país, la realidad no se puede diferenciar de la impostura, o cuando los sueños, aún los más deformes y perversos se apoderan del poder y del estado.
Hace apenas unas horas Cris, la desquiciada según el expresivo editorial de “Cabildo”, dispuso homenajear al marino Devoto, desaparecido en los setenta después de haber entregado a los montoneros —para que lo mataran— al camarada, capitán Bigliardi, del que además era amigo.
Nos apresuramos en aclarar que nada justifica la desaparición de Devoto, hecho que resulta por lo menos tan incalificable, como la traición de la que este había sido capaz. Con algún retraso y tal vez continuando una antigua costumbre en la materia, Cris, decidió entregarle a la familia Devoto las treinta monedas de plata y otorgarle un ascenso póstumo.
No es la primera vez que el estado K distingue a militares, actores o cómplices, del terrorismo setentista, recordamos entre otros los casos de Cesio y de Urien restituidos, acaso, por el dudoso mérito de la traición o el asesinato.
Se dijo que la inapreciable ventaja de los montoneros es la de pertenecer al pasado, y que por eso se los puede admirar sin peligro.
No es la primera vez tampoco, que las victimas de la furia terrorista —ni sus familias como ahora el caso de Bigliardi— son dejados de lado. Para ellos no hay homenajes ni condecoraciones, al punto que ni siquiera son nombrados, como si el crimen no hubiese existido o el hecho no tuviera relevancia ninguna como para ser recordado.
En definitiva obran siguiendo la tesis de Baudrillard: “lo real es un estado inestable, pues todo eso ha sido deconstruído, al igual que la verdad, que no es sino una eterna impostura”.
Nosotros, en cambio estamos convencidos de que los K son la impostura, y no eterna por cierto y por suerte. Pero alucinante de verdad fue, que en la foto del acto, no estaban solo los conchabados de La Cámpora. No, la imagen mostraba a un grupo de almirantes, vestidos con sus uniformes, dando una demostración contundente de conformidad con el homenaje a Devoto y al embajador terrorista Bettini, también presente en el acto y ejecutor de los disparos contra Bigliardi.
De haber visto la escena, un amigo, que ya no está, hubiese preguntado enseguida: ¿quién es peor? ¿El contrario, el que está enfrente y te dispara, o el camarada, el que debiendo estar a tu lado, cruza la vereda y se acomoda tranquilo donde están los que te matan…?
No podemos dejar de pensar ni por un segundo que esos tipos, a los que equívocamente llamaríamos sus camaradas, han muerto, otra vez, al capitán Bigliardi y agraviaron el íntimo dolor de su familia y de sus verdaderos amigos, en un acto abominable que en algún momento, merecería una justicia implacable.
Cuando ocurrió el incendio del Irízar, comentamos el caso de su capitán que desobedeciendo órdenes y después de poner a salvo a la tripulación, quedó solo, a bordo de su barco que se incendiaba, sin motores, sin electricidad, sin timón, y permaneció porque sabía que su deber le señalaba salvaguardar su nave. Preferimos no decir más, porque mete miedo contrastar a los de la foto, con los cercanos ejemplos heroicos de Malvinas, tal el caso conocido e impresionante de Giachino, ó el de Owen Crippa, el marino que volando solo en un avión de entrenamiento, encontró a la fragata Argonaut, en medio de la flota inglesa y la hundió.
Mientras tanto los K, habituados a vivir dentro de ese odio viscoso y repulsivo, en estos días iniciaron otro operativo: “Bajemos la placa de la infamia de la Cámara del Crimen”, con la idea de quitar la placa en memoria del juez Quiroga, asesinado por terroristas. Una vez más el caído es el condenado, o sea “la infamia”, y sus asesinos “juventud maravillosa”.
Tal vez por repasar estos hechos, a pesar del hondo cielo azul de esta tarde cálida de junio, mientras intento escribir estas líneas, resulta casi imposible conservar la serenidad. Es que pesan como un mundo, los años que llevamos conviviendo con este supremo extravío, que ha logrado irritarnos hasta enfurecernos y no son pocas las veces, como en este momento, que nos sentimos identificados con aquel: “hambre de tempestad” del que hablaba Dante.
Nuestra Argentina es apenas una sombra herrumbrosa de lo que fue. De alguna manera, casi toda la asquerosa enfermedad de la patria podría quedar simbólicamente expuesta por ese acto y por esa foto. Mientras tanto un olor profundo y perverso parece impregnar el ambiente. Los marinos de la foto han conseguido por estos días, que el aire, sea aún más irrespirable.
Miguel De Lorenzo
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