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jueves, 30 de enero de 2014

La Revolución Libertadora.

Revolución Libertadora: Complot en marcha


Complot en marcha

Quien se constituyó en enlace importante entre el general Lonardi y los conspiradores de la provincia de Córdoba fue su cuñado, el Dr. Clemente Villada Achával, quien organizó y mantuvo una primera reunión secreta a la que se dieron cita, además del fefe de la asonada, los coroneles Arturo Ossorio Arana y Eduardo Señorans, el capitán Edgardo García Puló y el mayor Juan Francisco Guevara.
El encuentro tuvo lugar en el histórico Colegio de La Salle de Buenos Aires y estuvo custodiado por un grupo de comandos civiles fuertemente armados. En la oportunidad, Villada Achával explicó que los oficiales de la Escuela de Artillería con asiento en Córdoba, estaban ansiosos por entrar en acción y que solo aguardaban la señal para plegarse a cualquier intento de derrocar el gobierno. El cónclave sirvió para despejar dudas y apresurar los preparativos ya que se tenían evidencias de que los servicios de información del Estado comenzaban a percibir movimientos, y eso era peligroso.
La primera prueba de que aquellos temores estaban fundados la dieron la sanción y los veinte días de arresto domiciliario que el Ejército le aplicó al general Lonardi el 16 de agosto y el paro que dispuso la CGT el 31 del mismo mes, llamando al pueblo a concentrarse en Plaza de Mayo, para escuchar la palabra de su líder.
Llegado ese día, Perón volvió a hacer uso de su oratoria, utilizando expresiones de tal virulencia, que no solo incrementaron el malestar de los altos mandos militares sino que además, aumentaron la preocupación de la ciudadanía, que comenzaba a temer nuevos hechos de violencia.

El domingo 4 de septiembre el teniente coronel Octavio Cornejo Saravia y su esposa hicieron una “visita” de cortesía a la familia Lonardi. Cornejo traía información de último momento según la cual, por decisión del general Aramburu, el alzamiento planeado para el día 16 se postergaba hasta nuevo aviso. Cuando el dueño de casa preguntó los motivos de aquella disposición, su interlocutor se limitó a decirle que las circunstancias adversas que se habían presentado en los últimos días, junto a la falta de apoyo de las principales unidades militares del país, representaban un serio problema que obstaculizaba seriamente los planes y ponían en riesgo a los complotados. En una palabra, la situación era inadecuada.
Al escuchar aquello, Lonardi, que era todo un caballero, perdió la compostura y fuera de sí, tomó a Cornejo por las solapas y sumamente alterado, le dijo que la operación no solamente que no se podía postergar sino que debía ponerse en marcha a la mayor brevedad posible porque de lo contrario, el gobierno los iba a degollar como a cerdos. Era imperioso actuar rápido porque el régimen estaba armando milicias obreras y la mayor parte de los oficiales implicados estaban siendo pasados a retiro.

-General –respondió Cornejo un tanto atribulado- no hago más que transmitirle una información que me acaba de dar el coronel Zerda1.

En vista de tales novedades, Lonardi creyó necesario confirmar la información y para ello, le encomendó a su hijo Luis Ernesto concertar una reunión con el coronel Arturo Ossorio Arana, destinada a tratar el tema en profundidad. Así se hizo y esa misma tarde, el general se encaminó hasta la residencia de su amigo, con el objeto de ponerlo al tanto de los últimos acontecimientos.

-General –dijo el dueño de casa después de escuchar sus palabras- tome las cosas en sus manos porque sino, esto no marcha.

-Ossorio –respondió su interlocutor- ya lo tengo decidido y esté seguro que no escatimaré esfuerzos para llevar adelante el movimiento2.

El 8 de septiembre a las 21.00 tuvo lugar una nueva reunión en la que estuvo presente el coronel Eduardo Señorans, jefe de operaciones del Estado Mayor del Ejército. La misma, organizada por Alfredo Rodríguez García, pariente del mayor Juan Francisco Guevara, se llevó a cabo en el automóvil del Dr. Eugenio Burnichon y en ella quedaron acordados cuatro puntos fundamentales que deberían tenerse en cuenta a la hora de organizar el complot.


  1. Debido a los precipitados e imprudentes movimientos del general Videla Balaguer en Río Cuarto, las autoridades de Córdoba estaba en guardia y habían adoptado extremas medidas de seguridad
  2. Los contactos en el Litoral no eran seguros ni suficientes ya que solo se contaba con la IV División de Caballería que se pronunciaría recién a las 72 horas de iniciado el movimiento.
  3. No se habían logrados adhesiones en ninguna de las unidades del Gran Buenos Aires.
  4. El general Aramburu era permanentemente vigilado y su ayudante, el mayor San Martín había sido detenido.

Durante las conversaciones, el coronel Señorans, dijo que lo más acertado era esperar y no precipitarse porque las condiciones no estaban dadas para iniciar una revolución. Lonardi manifestó su total desacuerdo con esa postura porque el licenciamiento de las tropas era inminente y además porque, como se lo había planteado a Ossorio Arana en el encuentro anterior, el gobierno estaba organizando milicias populares que iban a poner en peligro la seguridad nacional. Según su opinión, seguir esperando solo acarrearía el descalabro total de la operación porque las últimas detenciones de oficiales parecían demostrar que las autoridades sabían algo.
De ese modo, el mando de la revolución pasó del indeciso general Aramburu a su par que, a los efectos de conocer la situación imperante en las unidades militares del interior, despachó a sus hijos Luis Ernesto y Eduardo, en dirección a Córdoba y Cuyo, respectivamente.
Los hermanos Lonardi salieron de Buenos Aires el viernes 9 por la noche y llegaron a la provincia mediterránea a las 08.30 del día siguiente. Una vez allí, se dirigieron a la casa de su tío, el Dr. Clemente Villada Achaval donde se pudieron al tanto de las últimas novedades. Villada había organizado una reunión para las 16.00, en su domicilio particular, a la que había invitado a los capitanes Daniel Correa y Sergio Quiroga, al brigadier Jorge Landaburu, a su cuñado, el ingeniero Calixto de la Torre y al Dr. Lisardo Novillo Saravia (h).
La misma se llevó a cabo a la hora acordada y durante el transcurso de las conversaciones, se analizó a fondo la situación de las fuerzas revolucionarias de la provincia, el aporte de los civiles y la reacción del gobierno.
Para satisfacción de los hermanos Lonardi, los resultados de aquel encuentro fueron mejores de lo que esperaban ya que según se dijo, los oficiales más jóvenes estaban listos para plegarse a excepción de la poderosa Escuela de Infantería, que parecía mantenerse leal. A ello había que sumar el concurso de los comandos civiles revolucionarios que por esos días organizaban el comandante Landaburu y el capitán Basilio Arenas Nievas junto a los señores Damián Fernández Astrada y Edmundo Molina, quienes constituirían un elemento de apoyo indispensable a la hora de iniciarse las operaciones.
El capitán Correa hizo especial hincapié en la urgente necesidad de comenzar las acciones antes del 16 de septiembre porque ese día, la Escuela de Artillería finalizaba sus actividades anuales y debía entregar el armamento para tareas de mantenimiento. El total de los presentes apoyó la moción por lo que Luis Ernesto Lonardi manifestó que la misma figuraría entre los primeros puntos que plantearía a su padre a la hora de imponerlo de las novedades.
Esa noche, a las 21.00, Luis Ernesto abordó un avión de Aerolíneas Argentinas y emprendió el regreso a Buenos Aires mientras su hermano seguía viaje con destino a Mendoza, con el objeto de poner al tanto de lo que sucedía al teniente coronel Fernando Elizondo, oficial de la Agrupación de Montaña Cuyo.
Luis Ernesto llegó poco antes de las 24.00 y ni bien descendió del aparato, se dirigió al apartamento de su padre, sobre la calle Juncal, para informarle las últimas novedades. El general, luciendo una bata sobre su pijama, escuchó atentamente a su hijo y cuando aquel terminó, le manifestó que necesitaba unas horas para meditar y que al día siguiente tendría una respuesta.
En la mañana del domingo 11 de septiembre, el general mandó llamar a su hijo y una vez frente a frente, le dijo que estaba decidido a encabezar la revolución y que la misma daría comienzo en Córdoba, a primera hora del día 16; por consiguiente, era necesario adoptar las medidas necesarias para poner en marcha la operación.
Lonardi pidió a su hijo que estableciera urgente contacto con el mayor Guevara porque pensaba utilizar sus servicios como enlace entre el Ejército y la Marina de Guerra. Sin perder tiempo, Luis Ernesto se dirigió al domicilio del capitán (RE) Ezequiel Federico Pereyra Zorraquín que tenía a su cargo la organización de los comandos civiles revolucionarios de la Capital Federal para la defensa de los siempre amenazados Barrio Norte y Recoleta y le preguntó por el paradero de Guevara. El dueño de casa le dijo que el aludido oficial había abandonado su domicilio porque los servicios de inteligencia del gobierno lo vigilaban permanentemente y que, por esa razón, desconocía el lugar donde se hallaba escondido.
En ese mismo momento llegó el teniente coronel Eleodoro Sánchez Lahoz trayendo consigo noticias de Corrientes donde, al parecer, los mandos de la VII División se habían pronunciado a favor del complot. En vista de ello, Luis Ernesto Lonardi, creyendo necesaria una reunión urgente entre el recién llegado y su padre, comenzó a mover los hilos para que la mima se llevase a cabo esa misma tarde.


Cerca del mediodía, el teniente coronel Pedro A. Pujol y el teniente primero Florencio A. Pareja Ortiz, establecieron contacto con Luis Ernesto Lonardi para informarle que en la Escuela Superior de Guerra y la Escuela Superior Técnica había medio centenar de oficiales dispuestos a plegarse y que el capitán Oscar F. Silva, perteneciente a aquella última unidad, había organizado un operativo de sabotaje contra los tanques de Campo de Mayo.

Dos horas después, el hijo del general Lonardi recibió una comunicación del capitán Pereyra Zorraquín, quien lo puso en contacto con Alfredo Rodríguez García que en esos momentos se encontraba en una quinta de la localidad de Pilar en compañía del capitán Edgardo García Puló. Quedaron en encontrarse en Buenos Aires a las 17.00 y así sucedió. Luis Ernesto se presentó puntualmente en el lugar convenido y por allí pasaron a buscarlo (en el automóvil de Pereyra Zorraquín), para dirigirse al domicilio del Sr. Román María Bourdieu, ubicado en la localidad de Olivos, donde se hallaban alojado desde hacía varios días el mayor Guevara y su familia.
En momentos en que el vehículo estacionaba frente a la mencionada vivienda, llegó el mayor Guevara quien, al verlos, los apuró a entrar en la residencia porque no quería estar demasiado tiempo expuesto en la calle. Los recibió el dueño de casa y una vez sentados en el living, Luis Ernesto refirió lo que había conversado con su padre y la respuesta que éste le había dado. Era lo que los presentes esperaban escuchar y por esa razón, se percibió un indisimulado aunque discreto júbilo entre ellos. Acto seguido, explicó que el aplazamiento solicitado por el general Aramburu era inadmisible y que el mismo no había dejado otro camino más que el adoptado, es decir, que el general Lonardi asumiera el mando del alzamiento pues de no hacerlo, el complot quedaría librado a su suerte. Además, se sabía que la Armada estaba trazando planes para llevar a cabo un nuevo bombardeo sobre la Casa de Gobierno, el 17 de septiembre, en caso de que el Ejército no se pronunciase3.
Mientras tenían lugar estos ajetreos, la Marina de Guerra llevaba a cabo sus propios movimientos.
La noche del 2 al 3 de septiembre se llevó a cabo una reunión secreta en el domicilio del Dr. Héctor Bergalli, a la que asistieron los capitanes de navío Arturo H. Rial y Ricardo Palma, el capitán de fragata Aldo Molinari y en representación del Ejército, el general Juan José Uranga con el coronel Eduardo Señorans. Durante la misma, este último pidió la palabra para solicitar postergar las acciones en espera de momentos más oportunos pero el dueño de casa se opuso terminantemente.

-Para hacer la revolución basta que un regimiento se subleve, porque los radicales de la provincia de Buenos Aires formarán una ola que cubrirá el país.

A aquellas palabras respondió Señorans que prefería confiar en el Ejército y las Fuerzas Armadas antes que en los radicales y el silencio del resto de los presentes pareció darle la razón. Queriendo conocer la postura de la Armada, el general Uranga preguntó al capitán Arturo Rial al respecto y aquel, plenamente confiado, respondió:

-General, eso lo puede tener absolutamente seguro.

-Entonces, señores –dijo el general Uranga- la revolución se hace.

A lo que el coronel Señorans agregó:

-Espero estar con ustedes esa noche4.

La reunión continuó en la casa del capitán Rial, donde el general Uranga fue terminante a la hora de referirse a los fines políticos del alzamiento y la necesidad de contar con el apoyo de la Marina de Guerra. Se explayó bastante al respecto e inmediatamente después, dio su palabra de honor en cuanto a sublevar el Colegio Militar.
El lunes 5, por la mañana, comandos civiles revolucionarios que actuaban en Bahía Blanca bajo el mando del capitán Edgardo García Puló, fueron informados por oficiales de la Armada que el estallido iba a tener lugar a primera hora del 8 de septiembre. Sin embargo, el 7 por la noche, el capitán Molinari comunicó a García Puló que el mismo se había suspendido.
El jefe de los comandos manifestó su preocupación ante aquella decisión porque la detención del ingeniero Jorge P. Estarico, enlace entre la Armada y los comandos civiles, era un indicio de que algo raro estaba ocurriendo pero Molinari le explicó que nada podía hacer la Marina sin el apoyo del Ejército.
Una nueva reunión en lo del capitán Rial fracasó cuando se supo que el mayor Dámaso Pérez, jefe del cuerpo de cadetes del Colegio Militar, negaba su apoyo a la asonada.
En la mañana del viernes 9, llegó a Comandante Espora un oficial naval para informar a García Puló que era imperioso establecer contacto con el comando rebelde de la Armada ya que se había tomado la drástica decisión de que si el alzamiento no se producía antes del 17 de septiembre, la base por su cuenta, atacaría la Casa de Gobierno. Cuando García Puló preguntó a que se debía tan firme determinación, el recién llegado contestó que para esa fecha, el Ministerio de Marina había acordado una inspección a la unidad y que de llevarse a cabo, la conjura quedaría al descubierto y se producirían numerosos arrestos.
Ese día, por la tarde, tuvo lugar un nuevo encuentro entre el delegado de la base y el capitán Molinari en el que este último solicitó 24 horas más para dar una respuesta. Al día siguiente, por la noche (era sábado), Molinari se encontró nuevamente con García Puló y Guevara para que la Armada se plegaba al alzamiento siempre y cuando lo hiciera, al menos, un regimiento del Ejército. Guevara escuchó atentamente y pidió 48 horas para responder y fue en ese encuentro que volvió a barajarse el nombre del general Bengoa, detenido en la Dirección de Tracción Mecánica, a efectos de que dirigiera en persona a las fuerzas del Litoral.
Establecido contacto con Bengoa, éste mandó decir que aunque aceptaba el mando de aquellas tropas, se debía tener en cuenta que su fuga de la unidad militar en la que se encontraba encerrado iba a poner en estado de alerta al gobierno.
El coronel Señorans no creyó prudente aquella elección y así se lo hizo saber al mayor Guevara, solicitándole que se buscase inmediatamente otro oficial. Surgió entonces la idea de designar al coronel Eduardo Arias Duval pues era más que seguro que una vez notificado, aceptaría entusiasmado la responsabilidad.
El 11 de septiembre por la tarde se reunieron nuevamente el mayor Guevara con Luis Ernesto Lonardi para acordar un nuevo encuentro con el comando del alzamiento. Así se hizo y además del general Lonardi, acudió el teniente coronel Sánchez Lahoz para escuchar con suma atención el plan de acción elaborado por su superior.
Constaba el mismo de cinco puntos que establecían:

  1. Sublevación simultanea de las guarniciones de Córdoba, Cuyo, el Litoral y Neuquén.
  2. Sublevación las bases navales de Río Santiago, Puerto Belgrano, Punta Indio y Comandante Espora conjuntamente con la Flota de Mar y la Escuadra de Ríos.
  3. Sublevación de  de las guarniciones aéreas de Paraná, Córdoba, Mendoza y Mercedes, provincia de San Luis.
  4. Marcha sobre Santa Fe en apoyo del cruce del río Paraná de las fuerzas del Litoral, con la protección de la Escuadra de Ríos.
  5. Buques de la Flota de Mar establecerían el bloqueo del puerto de Buenos Aires y en caso de que el gobierno persistiese en la defensa, bombardearían la zona ribereña, principalmente la Casa de Gobierno, el Ministerio de Guerra, el Correo Central y otras posiciones.

Finalizada la exposición, Sánchez Lahoz dio su palabra de honor de que haría todo lo posible por sublevar la guarnición de Corrientes la misma madrugada del 16 y Guevara se comprometió a organizar nuevas reuniones con el capitán Palma, el coronel Arias Duval y el general Uranga a efectos de que transmitiesen el plan a las los oficiales comprometidos.
El encuentro finalizó a las 22.30 e inmediatamente después, Luis Ernesto Lonardi se entrevistó con el capitán Juan José Pierrestegui para encargarle una conversación a puertas cerradas entre el general Lonardi y el coronel Víctor Arribau. La misma se llevó a cabo en el barrio de Belgrano, el lunes 12 a las 10.00 y en ella el segundo manifestó su adhesión. Por esa razón, el jefe del alzamiento le ordenó dirigirse a Curuzú Cuatiá para ayudar al coronel Juan José Montiel Forzano a sublevar los regimientos blindados de aquella unidad y aquel partió de inmediato.
Entonces Lonardi decidió despedirse de su familia, comenzando por sus nietos, los hijos del Dr. José Alberto Deheza y su hija Marta, al tiempo que su yerno5, partía raudamente hacia el estudio del Dr. Teófilo Lacroze para pedirle que le hiciese llegar al coronel Ossorio Arana el siguiente mensaje: “La revolución está en marcha. Debe alistar sus cosas para salir a Córdoba esta misma noche” y le comunicase que en las últimas horas de la tarde, el general en persona le alcanzaría los pasajes con las últimas instrucciones.
A las 15.00 de aquel mismo día, tuvo lugar el encuentro entre el general Lonardi, el coronel Arias Duval y el mayor Guevara en el automóvil de Alfredo Rodríguez García. Una vez todos a bordo, el primero fue directo al grano: Arias Duval debía dirigirse al Litoral para iniciar el alzamiento ni bien el mismo estallase en Córdoba. El coronel escuchó la indicativa con grave expresión y cuando su superior hubo terminado de hablar, le solicitó 24 horas más para cumplir las órdenes ya que, según su punto de vista, el sábado 17 resultaría más fácil sorprender a las unidades. Lonardi se negó rotundamente porque, tal como lo había manifestado en otras oportunidades, la situación en Córdoba era en extremo peligrosa.
Finalizada la reunión, Guevara anunció que esa misma mañana, el coronel Señorans le había dicho en el Ministerio de Ejército, que estaba dispuesto a ponerse sin titubeos a las órdenes del general Lonardi. Por otra parte, el encuentro con el capitán Palma pactado para las 17.00 no se pudo concretar y que había sido pospuesto para las 23.00 de ese mismo día. A las 18.00, el escribano Juan Carlos Soldano Deheza le entregó al general Lonardi los dos pasajes de ómnibus que este debía alcanzarle al coronel Ossorio Arana y media hora después, el jefe del alzamiento estableció contacto con el capitán Pereyra para ordenarle que junto con el capitán Daniel Uriburu, se trasladase a Córdoba a efectos de reunirse con él (Lonardi) en la casa del Dr. Berrotarán. Tampoco se concretó la reunión con el general Uranga programada para las 19.00 por lo que la misma, debió postergarse para las 01.00 del día siguiente.
A las 21.00, el mayor Guevara y Luis Ernesto Lonardi acompañaron al general hasta la casa del Dr. Lacroze donde debían entrevistarse con el coronel Ossorio Arana. Una vez allí, Lonardi le expuso el cuadro de situación e inmediatamente después le explicó el plan de operaciones que aquel siguió con extrema atención. Cuando terminó de hablar, se estrecharon en un abrazo e inmediatamente después abandonó el lugar presurosamente junto a sus acompañantes.
A las 22.30 el coronel Ossorio Arana, y su esposa abordaron en Plaza Once el ómnibus que los llevaría a Córdoba. Al llegar a destino, el oficial debía ponerse en contacto con el Dr. Villada Achaval para que lo condujese inmediatamente al domicilio del Dr. Calixto de la Torre donde se había planeado una nueva reunión esa misma mañana. En el interín, debía poner a los jefes y oficiales de las guarniciones al tanto de los hechos y organizar por la noche un encuentro con los jefes de cada unidad.
Desde la terminal de ómnibus de Once, Lonardi, su hijo y Guevara (que habían acompañado a Ossorio Arana y su esposa hasta allí), partieron al encuentro del capitán Palma.
Luis Ernesto iba al volante, llevando a su padre a su lado y a Guevara detrás. En la esquina de Guido y Ayacucho un hombre que lucía sombrero y abrigo, los esperaba parado con las manos en los bolsillos. Era el coronel Arias Duval que ni bien el vehículo se detuvo, lo abordó presurosamente estrechando la mano a los presentes una vez el hijo del jefe de la asonada hubo reanudado la marcha. No lejos e allí los esperaba el capitán Palma, también enfundado en un sobretodo gris, quien al ver que el rodado se aproximaba, se acercó lentamente al cordón de la vereda y cuando aquel su detuvo, abrió la puerta trasera y se introdujo en él.
Una vez dentro del automóvil, el marino fue presentado al general Lonardi, a quien estrechó su mano mientras le decía que estaba allí en representación del capitán Arturo Rial.
El jefe del alzamiento fue derecho al grano explicando los motivos por los que había tomado el mando de la revolución y porqué la misma debía realizarse el 16 de septiembre. A continuación, lo puso al tanto del plan de operaciones y le habló del papel que debía jugar la Armada junto al Ejército.
Palma escuchó con atención y cuando su interlocutor terminó de hablar, dijo que era cosa imperiosa tomar la isla Martín García porque desde ella se podían lanzar ataques aeronavales para neutralizar a la Base Aérea de Morón. Inmediatamente después se refirió al rol que les cabía a los comandos civiles revolucionarios, a los que se pensaba destinar a la toma de las radioemisoras y luego le preguntó a Lonardi cual era su parecer.
El general dio su aprobación pero aclaró que los civiles no debían intervenir hasta después de las 01.00 del 16 de septiembre puesto que era imperioso evitar que se filtrase información que echase por tierra el factor sorpresa. Palma estuvo de acuerdo y a continuación, se estableció entre ambos el siguiente diálogo:

Cap. Palma: Entiendo que el movimiento lo encabeza el general Aramburu y que ha decidido su postergación hasta mejor oportunidad. ¿Quién es el jefe de la revolución?
Gral. Lonardi: Yo soy el jefe de la revolución.
Cap. Palma: Comprendido, señor.
Gral. Lonardi: El general Aramburu apreció que los elementos con que contaba no eran suficientes para lanzar un movimiento con posibilidades de éxito. Yo entiendo que la conspiración ha llegado a una etapa en que tiende a su propia desintegración por las detenciones ocurridas y cualquier postergación significará su anulación completa. Además el gobierno está organizando grupos armados cuya misión es oponerse a cualquier movimiento subversivo. Hemos contraído un compromiso de honor con los oficiales jóvenes de las tres fuerzas armadas que debemos cumplir, pues han asumido actitudes que cualquier investigación pondrá en evidencia y las sanciones serán severas. He verificado el número de unidades dispuestas a participar en el movimiento y las considero suficientes para que existan posibilidades de éxito. Creo que los propios colaboradores del régimen verán con agrado la eliminación de Perón, lo cual significa que si la revolución tiene éxito en una sola guarnición del interior por más de 48 horas, sumado al bloqueo del puerto de Buenos Aires, no podemos fracasar, siempre que actuemos con la más firme decisión de vencer.
¡Capitán, deseo saber si cuento con el apoyo incondicional e la fuerza que usted representa!
Cap. Palma: La Marina está dispuesta a apoyarlo con toda decisión siempre que usted nos asegure que el Ejército iniciará las hostilidades.
Gral. Lonardi: Ya ha oído usted nuestro plan de acción que no se postergará en ningún caso: el 16 de septiembre la revolución será lanzad. Cuente con mi palabra. Así se hará.
Cap. Palma: En nombre de la Marina le aseguro a usted su participación y le deseo éxito en la operación.

Finalizada la conversación, el marino y el coronel Arias Duval descendieron y el vehículo siguió viaje hasta donde aguardaba el general Uranga. El apretón de manos que Lonardi y Palma se dieron antes de despedirse fue el sello de la alianza entre el Ejército y la Marina, compromiso ineludible que a partir de ese momento, nadie podría romper.
El automóvil, siempre guiado por Luis Ernesto Lonardi, llegó al domicilio del capitán Garda donde sus ocupantes descendieron rápidamente.
El dueño de casa los hizo pasar y los condujo al living, donde esperaba sentado el general Uranga. La reunión comenzó a las 01.00 horas en punto cuando Lonardi comenzó a explicar el plan revolucionario y la situación que en esos momentos atravesaba Córdoba. Ni bien terminó, le ordenó a su par que se pusiese al frente del Colegio Militar y del Regimiento de Infantería 1 para marchar sobre Rosario y anular al Regimiento de Infantería 11 y tomar el Arsenal. Una vez alcanzados esos objetivos, debería seguir hacia Santa Fe con la misión de reducir a sus fuerzas militares y establecer la cabecera de puente que permitiese a las tropas del Litoral cruzar el río Paraná.
Uranga manifestó sus reparos con respecto al Colegio Militar ya que a esa altura se sabía que su compromiso era nulo pero que aún así, avanzaría sobre Rosario con los elementos que pudiese reunir. Tomando en cuenta ese detalle, se le encomendó al mayor Guevara establecer contacto con su par, Dámaso Pérez o el capitán Genta, oficial del Colegio Militar, para intentar convencerlos de que se plegasen al alzamiento y ubicar al teniente  primero Gastón Driollet para que se dirigiese al domicilio del capitán Garda para recibir las instrucciones que el general Uranga debía hacer llegar con urgencia al Regimiento de Infantería 1.
El encuentro en el domicilio de Garda finalizó a las 03.00, cuando los presentes se pusieron de pie y el general Uranga manifestó entusiasmado:

-Vea, mi general, aunque sea solo, voy a salir a tirar tiros contra la Casa de Gobierno.

De regreso en su apartamento, el general Lonardi supo por boca del mayor Guevara que el general Lagos había estado realizando algunos sondeos entre oficiales y altos jefes militares y por esa razón, le ordenó que lo contactase a la mayor brevedad posible en su domicilio de San Isidro para decirle que debía trasladase urgentemente a Mendoza para hacerse cargo de las fuerzas de esa región. Además, le ordenó enviar un mensaje urgente al general Bengoa indicándole que era esencial la presencia de un general era más que necesaria allí, especialmente la de Bengoa, porque no hacía mucho había comandado la III División de Ejército allí estacionada.
En esas condiciones se separaron y tomaron rumbos diversos. Debían encontrarse a las 16.30 de ese mismo día, en la estación terminal de ómnibus de Plaza Once, antes de la partida de Lonardi con destino a Córdoba6.
Un hecho que nadie había tomado en cuenta vino a facilitar los últimos movimientos del jefe del alzamiento en Buenos Aires: su cumpleaños y el de su hija Susana, el 15 de septiembre, fecha que la joven pensaba aprovechar para anunciar su compromiso con Ricardo Quesada. Para entonces, ya se habían repartido las invitaciones y desde hacía una semana la familia preparaba una recepción. Inesperadamente, el general solicitó a su hija y a su futuro yerno que cambiasen la fecha para el 17 de septiembre y poco después les aconsejó que adquiriesen pasajes para viajar a Córdoba antes del 14.
Así llegó el día de la partida. Esa mañana, Lonardi y su esposa comenzaron a preparar el equipaje sabiendo que el edificio donde vivían era intensamente vigilado.



A todo esto, en las bases del sur, la conspiración alcanzaba ribetes de proporciones al ponerse en marcha una operación encubierta, destinada a paliar la carencia de armamento.
Como ya se ha dicho, después de lo acontecido el 16 de junio, el gobierno había dispuesto retirar las bombas armadas de los aviones navales y enviarlas bajo fuerte custodia al Arsenal Naval de Zárate. Por consiguiente, la Marina estaba prácticamente fuera de combate e imposibilitada de entrar en operaciones, y eso comprometía sobremanera el éxito del alzamiento. En una palabra, se disponía de buena cantidad de aviones pero no de bombas.
Lo que sí había y muchas, eran carcasas vacías y una buena provisión de trotyl, almacenados en los polvorines de las bases navales, hecho que dio pie a que un grupo de oficiales se pusiese a evaluar la posibilidad de utilizar ese material para reemplazar el armamento confiscado.
Tras una serie de reuniones, se resolvió la construcción de proyectiles caseros empleando para ello los panes de trotyl y las carcasas disponibles, de ahí que, siempre con la máxima cautela y en el más absoluto silencio, se adoptaran las primeras medidas para iniciar la operación. La idea era tener todo listo para el 15 de septiembre y cuando estallaran las hostilidades, contar con aviones equipados.
Para lograr el cometido, era necesario fundir los panes en ollas a vapor, a una temperatura de 80º C y comprimir su contenido en el interior de las carcasas por lo que fue necesario dar con personal capacitado y un lugar adecuado para realizar la tarea. Alguien sugirió las cocinas del Comedor de Operarios de la Base Naval Puerto Belgrano, cuya capacidad era de mil personas y un oficial recordó que el encargado de las mismas era un italiano que tenía cierta experiencia en el manejo de explosivos.
Se comisionó a un capitán de fragata para que estableciera contacto con él y casi al mismo tiempo, se comenzaron a acondicionar las mencionadas instalaciones para que todo estuviera listo cuando el personal idóneo llegase al lugar.
El oficial en cuestión se dirigió hasta una casa del barrio Arroyo Parejas, ubicado dentro del perímetro de la base, donde vivía aquel individuo desde 1952, año de su llegada al país. El hombre lo hizo pasar a una pequeña sala que hacía las veces de living y una vez dentro, adoptando siempre las precauciones del caso, el recién llegado le preguntó si se animaba a hacer el trabajo. Tras un breve análisis de la situación, el italiano respondió que sí y de esa manera, sin perder tiempo, fue conducido hasta el edificio del Comedor, en cuya cocina puso manos a la obra de manera inmediata.
El sujeto trabajó con esmero, prácticamente sin descanso, bajo la atenta supervisión del personal superior que impidió el acceso a toda persona que no tuviese la debida autorización. De esa manera, dando potencia a las ollas, fundió los primeros panes de trotyl, cuya mezcla de ácido nítrico sobre la base de hidrocarburos colocó bien prensada en el interior de una de las carcasas y con ella se hizo una primera prueba cuyos resultados fueron satisfactorios.
Seis días trabajó el italiano, asistido por muy poco personal dado que la producción en serie de aquel material era considerada tarea riesgosa. Durante todo ese tiempo, se le impidió abandonar el gran Comedor salvo en una ocasión, cuando fue necesario acompañarlo hasta su domicilio para que retirase un medicamento que estaba tomando y así fue como, al completar la semana, tenía listas centenares de bombas.
Tras ardua tarea, la labor quedó finalizada y de ese modo, se pudo dotar a los aviones navales del armamento adecuado que les permitiría operar una vez iniciadas las hostilidades.


Notas


  1. Luis Ernesto Lonardi, Dios es Justo, Francisco A. Colombo Editor, Buenos Aires, 1958.
  2. Ídem.
  3. Los aviones partirían desde Comandante Espora.
  4. Luis Ernesto Lonardi, op. cit. Luis Alberto Deheza, yerno del general Lonardi, fue ministro de Defensa durante los últimos días de María Estela Martínez de Perón (1976).
  5. Luis Ernesto Lonardi, op. cit.
  6. Esa misma mañana, después de descansar unas horas, Lonardi habló con el Dr. Rogelio Driollet, tal como había sido acordado.
1955 Guerra Civil. La Revolucion Libertadora y la caída de Perón

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