domingo, 25 de mayo de 2014

La última declaración del Episcopado argentino provocó un enorme escozor en el oficialismo.

opinón

El documento de la Iglesia expresó que "la Argentina está enferma de violencia". La frase no constituye una imputación ni es una bandera política: formula simplemente un diagnóstico que es compartido por la gran mayoría de los argentinos.

La violencia no es solamente la comisión de delitos, que ha aumentado de manera sensible; es también la agresión en todas sus formas, aún las simbólicas, entre los habitantes de nuestro país.

Claro que no asistimos ahora a esos momentos de violencia política como los que asolaron a la Argentina en los años setenta o en otras circunstancias de su historia, pero eso no debe ser un consuelo, porque después de treinta años de democracia deberíamos aspirar a vivir en forma más normal, menos crispada, sin temor a caminar por la calle, sin la preocupación constante por nuestros hijos.

Por eso el Episcopado no ha dicho algo nuevo, pero ha sabido sintetizar lo que ya sabíamos en palabras muy elocuentes. En efecto, la violencia se ha instalado entre nosotros como una enfermedad que sacude todo el tejido social.

En lugar de tomar nota de ese ponderado diagnóstico, el kirchnerismo se sintió agredido y salió a defenderse, atacando a los obispos argentinos. Para lograr ese objetivo, se vio precisado a una extraña operación: disociar al Episcopado del Papa.

Dado que no es hoy políticamente conveniente criticar a Francisco (que, para Cristina Kirchner y sus acólitos, no tiene nada que ver con el Cardenal Bergoglio que era objeto de su constante desdén), sostienen que el Papa no está vinculado a los obispos, sino a los curas villeros. La relación de Bergoglio con los curas villeros es bien conocida, pero sería absurdo suponer que el Papa no ejerce un fuerte liderazgo sobre el Episcopado argentino y que los obispos emiten documentos contra la voluntad del Santo Padre.

Entender el mensaje franciscano no significa ir cada tanto a sacarse una foto con él, sino vivir y –en el caso de los gobernantes- actuar de modo tal que se favorezca la cultura del encuentro, se fomente la concordia y se solucionen los problemas que afligen sobre todo a los que menos tienen.

El primer paso para que nos curemos de la enfermedad de la violencia es reconocer que estamos enfermos. Negar esa evidencia sólo profundizará nuestros males y tornará más difíciles las soluciones.

Doctor Jorge R. Enríquez 

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