lunes, 27 de febrero de 2012

La tragedia de Once / Los ramales suburbanos, bajo la lupa

ARGENTINA

Viajar como ganado en el Sarmiento

Conseguir un espacio, una hazaña cotidiana

Por Cecilia Millones  | 

    

FERROCARRIL SARMIENTO. Administra: Trenes Buenos Aires (TBA) Usuarios diarios: 350.000. Foto: Fotos de Hernan Zenteno y Emiliano Lasalvia
"Si en Moreno ya está así, no me quiero imaginar cómo se va a poner esto cuando lleguemos a Merlo", atinó a decir José, un electricista de 52 años, mientras luchaba cuerpo a cuerpo por un espacio dentro la formación que partía anteayer, a las 7.30, desde la estación de trenes de Moreno rumbo a Once.

Diez minutos más tarde, cuando este tren dejó atrás la estación Paso del Rey e hizo su parada habitual en la de Merlo, la predicción de José se cumplió al pie de la letra: todos los vagones de la formación se saturaron de pasajeros que, al ritmo de "¡tranquilos muchachos, tranquilos!", convirtieron el tren en una suerte de Tetris humano hasta desencajarse, una hora más tarde, en su llegada a la estación terminal.

Para los usuarios de la línea Sarmiento, la hazaña cotidiana de viajar en una de sus formaciones comienza desde muy temprano, cuando en el mismo andén se unen cientos de hombres y mujeres, buscando aquel cotizado espacio en uno de sus trenes, y soportando luego, el recorrido en inhumanas condiciones.

"Es un servicio pésimo: mala higiene, gente asomada en las puertas, mucho robo, demoras, cancelaciones? La misma historia todos los días", se quejó María Esther, de 55 años.

Desde bien temprano, la estación Moreno parecía un gran hormiguero humano. Varios pasajeros señalaron que la clave diaria es llegar un buen rato antes a la estación para poder comprar con tiempo sus pasajes. Luego, resta cruzar las vías a través de los dos grandes puentes que desembocan en el andén central, para llegar a lo más difícil, tratar de ganarse un buen lugar en el tren.

Anteayer, desde los parlantes de la estación, una voz femenina anticipaba que el servicio circulaba con demoras. Precisamente en aquel tren que partió a las 7.30, la tragedia de Once se revivía con el relato de sus propios protagonistas. Nahuel Ruiz era uno de ellos. Este joven de 19 años vive en Moreno y viaja todos los días a la Capital a hacer mantenimiento de ascensores. El día del accidente logró salir por sus propios medios del tercer vagón, tras sufrir golpes en su cabeza y rodillas. "Cuando fue el choque, las puertas del tren no se abrían, estábamos muy desesperados", relató. Junto a él se encontraba Cristian Muñoz, de 19 años, otro sobreviviente. "Acá siempre entrás como podés. No te queda otra porque necesitás de estos viajes para ir a laburar", señaló.

Camino a Once, y tras la multitud de pasajeros en Merlo, otra avalancha humana intentó subir en Morón. "Permiso muchachos", suplicó un joven que llevaba su mochila sobre la cabeza, mientras trataba de descender. "¡Dale flaquito, dale flaquito!", le respondían los que intentaban subir. Luego, varias puertas automáticas no lograron cerrarse más.

"Que primer ni segundo vagón? Acá te ponés donde podés; si es que llegás a subirte a uno", se quejó Rodolfo, que tomó el tren en Merlo y viajaba pegado a la misma puerta abierta. "Que venga la  Presidenta a viajar con nosotros -dijo con bronca-. Que vengan acá los políticos a viajar como viajamos nosotros.".

En el San Martín, con el peligro latente

Muchos pasajeros deben ubicarse en los estribos

Por Mariano Gaik Aldrovandi  

El tren 3445 del ferrocarril San Martín sale puntual a las 18.08, tal como está anunciado. Pero, durante los primeros 500 metros, su andar es muy lento debido al deterioro de los rieles, que se pueden ver gravemente dañados. Esto produce que, aunque el tren circule a paso de hombre, la formación se sacuda de un lado al otro.

La suciedad está presente en cada rincón del vagón: piso, marcos de las ventanas y asientos. Y, además de la tierra, hay botellas, papeles y paquetes de golosinas por todos lados. En las paredes y el techo interior, queda poco del blanco con el que fueron pintados los coches luego de que en 2004 le quitaran la concesión al empresario Sergio Taselli, dueño de Transportes Metropolitanos, para ser traspasada a la Unidad de Gestión Operativa Ferroviaria de Emergencia (Ugofe).

"Al principio hubo un cambio, pintaron los coches, cambiaron los asientos. Fue un lavado de cara, pero ahí quedó", dice Susana, una empleada pública que viaja todos los días hasta Villa del Parque.

El tren sale de Retiro con casi todos los asientos ocupados y sin pasajeros viajando de pie. Dos guardas recorren los seis coches que son arrastrados por una vieja locomotora diesel, pero poco parece importarles que las todas las puertas estén abiertas y haya gente sentada en los estribos.

Después de 10 minutos -que según el horario oficial debían ser 8-, el tren llega a la estación Palermo, la primera parada del extenso recorrido que une Retiro con la localidad bonaerense de José C. Paz, y se llena. Los pasillos se colman y muchos deben resignarse a viajar colgados de la manija de las puertas.

Dos mujeres intentan subir un cochecito con un bebe, pero el carro no pasa por el angosto marco de las puertas. Tienen que bajar al chiquito y con la ayuda de otros pasajeros, plegar el coche para poder subir. En la línea San Martín no hay accesibilidad para quienes viajan con criaturas o personas con alguna discapacidad motriz. Los andenes son bajos y para subir se deben trepar tres escalones. Tampoco hay rampas.

Otro problema de la línea son las demoras. "A veces estás 15 o 20 minutos esperando en la estación y cuando preguntás, nadie sabe por qué el tren no viene. Cuando pasaron 30, anuncian por altoparlante que hay una demora, o una cancelación, pero no te dicen por qué", dijo Sergio, de 52 años, quien hace 18 que es usuario de la línea.

En las formaciones no se ve presencia policial. "Como van todas las puertas abiertas, te arrancan el celular o la cartera de las manos y se tiran con el tren en movimiento", cuenta Sergio. "Después de las 20 no se puede viajar más. No hay seguridad y hasta a veces se viaja a oscuras porque no funcionan las luces", dice Susana.

Los pasajeros viajan en las escaleras y en los estribos, aun después del accidente del 4 de enero, en el que 8 personas que viajaban en las puertas resultaron heridas al chocar contra un puente. Una advertencia que nadie pareció escuchar..

En el Roca, el Estado no mejoró el servicio

Puertas abiertas, suciedad y demoras habituales

Por Julieta Paci  

Con el grito de "¡café, café!" y de "vendo pastillas de menta" de fondo, el ferrocarril General Roca emprendió su marcha a las 9.10. Debería haber salido antes de la estación de Quilmes, pero se retrasó alrededor de quince minutos. "Nada raro", según dijeron los pasajeros que suelen tomarlo para ir a trabajar todos los días.

Para Bárbara Yaquinta, de 26 años, empleada de un comercio de comida rápida, la aventura de viajar en el Roca (manejado por una Ugofe compuesta por el Estado más Metrovías, Ferrovías y TBA, luego de que el Gobierno le quitara la concesión a Transportes Metropolitanos) recién comienza: "Hace tres semanas que me vine a vivir a Quilmes, pero lo que noté es que el tren tarda mucho en llegar a Constitución y que son muy habituales las demoras".

Ya arriba, los que viajaban sentados -que eran los menos- tomaban mate, escuchaban música o dormían; los que estaban parados intentaban conservar su lugar y miraban por las ventanillas destartaladas que, entreabiertas, permitían el paso de aire fresco.

"Viajamos incómodos, apretados, sucios", se quejó Daniel Jiménez, de 29 años, de Quilmes. "Hay carteles que dicen que los trenes se desinfectan, pero eso es una mentira, hay una mugre que asusta", afirmó quien viaja todos los días a Sarandí para trabajar como pizzero y que está ahorrando para comprarse un auto y abandonar el transporte público.

En cada puerta, carteles amarillos y rojos anunciaban el peligro: "Prohibido viajar en el estribo", pero aún así nadie parecía leerlos. Parados en el filo, con los cabellos al viento, decenas de personas aguardaban ansiosas la llegada a la estación Avellaneda.

"No hay seguridad de ningún tipo; la gente va parada, amontonada como puede; las ventanas están rotas y las puertas siempre van abiertas", protestó Juliana Barrios, de 29 años, de Berazategui. "En el verano la situación es aún peor, no hay aire acondicionado y con las altas temperaturas se hace imposible", dijo contundente, ya que habitualmente viaja a la Capital para hacer trámites.

Migajas de galletitas, de alfajores, boletos y algunos papeles decoraban el piso gris y pisoteado por ínfimos zapatos y zapatillas y, en más de una oportunidad, hubo manos desaprensivas que, a través de las ventanillas, arrojaron desechos.

"Los vagones van bastante llenos, pero se viaja mejor que en el subte", aseguró Gustavo Bertolani, de 51 años, de Quilmes. Contó que "entre las 7 y las 8, tomarse el tren es una locura porque va lleno, y después de las 19 la situación se complica debido a la inseguridad", pero que durante el día "la cosa está tranquila y si alguno se hace el vivo entre los pasajeros lo ponen en su lugar".

Según Bertolani, "la suciedad aparece a la tarde, a la mañana ese tema no molesta, pero lo que no debería pasar nunca es que se viaje con la puerta abierta".

A las 9.42, el tren llegó a la estación Constitución y la gente, que ya se había levantado de sus asientos minutos antes, se amontonó en las puertas luchando por salir apresurada..

El Mitre "vip", donde las puertas cierran

Contrastes en el tren de la zona norte del GBA

Por Micaela Palomo  

El tren salió a las 18.09, en horario, y "por milagro" Pilar Martínez Frugoli, de 36 años y de San Isidro, pudo conseguir un asiento, algo que no es habitual en hora pico, cuando muchos estudiantes y trabajadores regresan desde Retiro a sus hogares, en la zona norte de la Capital y otros nueve municipios del Gran Buenos Aires.

"Este supuestamente es el tren «vip»", dice con un dejo de ironía Roberto Fernández, un jubilado de 84 años, respecto del ramal de la línea Mitre que une Retiro con Tigre. Roberto vive en Martínez y viaja hasta Retiro para realizar "changas" en el centro y a la tarde vuelve a su casa en el mismo medio de transporte.

Es que en este tren las puertas se cierran, los pasajeros hacen fila para subir en vez de amontonarse y entrar a presión y, como si eso fuera poco, en verano suelen viajar frescos gracias al aire acondicionado, lo que a la vista de muchos pasajeros convierte al Mitre, ramal Tigre, en "lo mejorcito" en ferrocarriles urbanos. Aunque "un día llovía y acá adentro eran las Cataratas del Iguazú", cuenta Roberto, y pinta un panorama un tanto distinto.

Los que lo usan con frecuencia saben que el aire acondicionado muchas veces no funciona -o funciona en algunos vagones y en otros no-, que las demoras son habituales, que muchos días de lluvia los trenes no salen -y cuando salen no arrancan hasta que no estén llenos-, que a veces un desperfecto técnico los obliga a bajarse antes de llegar a una estación y que la falta de mantenimiento y limpieza es evidente.

Pero en un país en donde tomarse un tren a veces significa sufrir heridas o perder la vida, las quejas por irregularidades en la frecuencia de los servicios, por fallas en el aire acondicionado y por la suciedad de los vagones, parecen de poca entidad.

Nicolás Fijman, de 24 años, toma este tren dos veces por día, de lunes a viernes, para viajar desde Martínez a su trabajo, en el centro. "En vez de venir cada diez minutos, como tendrían que venir, vienen dos juntos cada veinte. Cuando se demoran nunca te informan qué es lo que pasó y te tienen esperando", dice.

"Casi siempre llegan tarde y llenos de gente -se queja Pilar Martínez Frugoli, que prefiere esperar dos o tres trenes para viajar sentada. Lo único bueno es que es barato, pero preferiría pagar más y viajar mejor."

En su primer viaje después de un año de no usar el tren, Mauricio Buceta, de 44 años y de San Isidro, lo notó bastante deteriorado y se sorprendió por el "estado calamitoso" de los asientos, por donde asoman pedazos de gomaespuma. Teresa Aguirre, de 25 años, toma el tren en Acassuso hasta Retiro para ir a su trabajo, en una empresa de publicidad. "Si el aire no funciona, no se puede respirar porque las ventanas están selladas y no pueden abrirse", explica.

La línea Mitre, concesionada por TBA (Trenes de Buenos Aires), que también gestiona la línea Sarmiento, comprende, además, dos ramales electrificados que recorren 58 kilómetros (Retiro-Tigre y Retiro-José León Suarez/Bartolomé Mitre) y dos ramales diesel con 127 kilómetros (Victoria-Capilla del Señor y Villa Ballester-Zárate).

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