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miércoles, 26 de febrero de 2014

El PJ se mostró unido el sábado en Santa Teresita, en la convicción de que si la crisis se profundiza afectaría las posibilidades de cualquiera que apueste a suceder a Cristina.

Unidos los perdedores.

El PJ, desde Santa Teresita, intentó ponerle freno a la crisis.
El fin de semana último, el Partido Justicialista porteño inició en Santa Teresita la apertura de una autopista de múltiples vías, con la mirada puesta en el 2015 mucho más que en el presente.
Eso y no otra cosa es el expreso apoyo que le brindaron a la presidenta los dirigentes más importantes del justicialismo bonaerense, que se mostraron unidos por varias razones, la primera de las cuales es hacer público que su ambición de poder se mantiene intacta. Éste es el mejor dique para evitar una sangría de dirigentes hacia el Frente Renovador o hacia algunos otros armados políticos que solicitan peronistas con la misma premura con la que un sediento que transita por el páramo más árido.
Para que el proyecto del peronismo post-2015 sea viable, la dirigencia del PJ nacional necesita que la transición sea ordenada y fluida, para que el traspaso hacia un candidato propio transcurra sin sobresaltos. El otro requisito es que el orden interno le permita a la Liga de Gobernadores imponer a su hombre, que hoy por hoy es Daniel Scioli, el anfitrión del encuentro, aunque es aventurado definir en el presente si llega hasta 2015 con la misma potencia.
La experiencia del 2001 pesa en la memoria de todos, no sólo de los peronistas. Inclusive, las posibilidades del FAP y del Pro en 2015 se ven afectadas por ese recuerdo terrible, al que los argentinos jamás quisieran volver. Por esa razón, el peronismo va a ser, de ahora en más, el partido del orden y en ese rol el primer reflejo de la conducción fue mostrarse unidos. El mensaje hacia afuera fue que no habrá ya más “fugas” de dirigentes de cierto nivel. En una palabra, que el 2015 los encontrará unidos o perdedores.
La herencia
La existencia de un peronismo disidente del Gobierno hace olvidar muchas veces que el kirchnerismo es el peronismo, aunque no sea su única versión. La necesidad de diferenciarse del kirchnerismo llevó a un sector de la dirigencia política a anunciar el fin por enésima vez, aunque la experiencia exige un análisis un poco más riguroso para confirmar esta versión de la historia. Para imponer esta idea han trabajado mucho algunos medios de comunicación, que hasta a veces lograron darle visos de verosimilitud. De todos modos, la precariedad de su argumentación hace pensar que el kirchnerismo es un gato de nueve vidas, lo que es otra falacia. Simplemente, el proyecto que hoy encarna Cristina Fernández de Kichner nunca se interrumpió hasta hoy y en 2015 seguirá existiendo, aunque con características diferentes y quizás hasta con otros objetivos, pero sosteniendo lo logrado, que no volverá atrás.
Esta herencia que deja el pero-kirchnerismo habrá quienes la repudien, pero, por el contrario, hay quienes aspiran a ser sus continuadores. Ésta es la verdadera polémica que hoy cruza la política, que puede sintetizarse en el apotegma: continuidad peronista (Scioli)-cambio hacia la derecha (Macri-¿Massa?)-cambio ¿progresista? (Binner).
No está claro, en este panorama, hacia dónde va a dirigirse Sergio Tomás Massa, porque es un candidato que apuesta todo a la imagen, más que a la política, por lo que esta carencia abre delante suyo varias opciones. Podría ocupar el territorio de la centroderecha, que aspira a invadir Mauricio Macri, en el que podría ser el número uno si se lo propusiera. Otra opción que podría transitar sería el de un vago progresismo de centroizquierda, que ampliaría su espectro de votantes, porque en el centro de la política siempre hay pique.
De todos modos, la única opción que tiene para llegar a la Casa Rosada es alinear al peronismo oficial -el disidente lo tiene, pero es muy minoritario- alrededor de su figura. El problema es que aquel tiene sus propios planes y no depende del tigrense para “ser”. Entonces, para que la oferta de Massa sume al peronismo bajo su égida debería ser muy, pero muy, muy tentadora. Tanto como para seducir a los caudillos territoriales de todo el país y obligarlos a confiar en él, que no tiene historia peronista, a pesar de haber figurado en sus boletas y de haber sido el jefe de Gabinete del gobierno pero-kirchnerista.
Caos vs. Kontrol
Las opciones que surgen de estas posibilidades son inquietantes, porque si nadie más que un caudillo peronista puede suceder a Cristina Fernández de Kichner, “los mercados” podrían apostar -y casi seguramente lo harán- por un programa de desestabilización permanente desde aquí al 2015 para acabar de cualquier manera con esta opción. Para que esto no ocurriera, ese caudillo debería negociar previamente con ellos. Y si éste negociara, el caos podría llegar de la mano de la propia clase media, que por estos días ya se encuentra convocando por las redes sociales a múltiples boicots contra los empresarios de la carne y de las grandes cadenas de supermercados y podría aún radicalizarse hacia opciones más nihilistas, como en 2001.
Este dilema, que ingresó al Super Agente 86 en la inmortalidad, es el que intentan romper el Justicialismo y el Gobierno con los gestos que están canalizando hacia la sociedad, que tienen por objetivo ponerles freno a los sectores concentrados de la economía. Ésta que presenciamos por estos días, es la eterna pelea que siempre existió, que enfrentó en ocasiones a la democracia con los mercados, o a la política con la economía, o al capitalismo con la sociedad, o a los consumidores con los especuladores.
Nada nuevo bajo el sol, pero en esta ocasión se deberían tomar medidas para que la especulación sea frenada y para que los mercados sean parte de la economía y no sus desestabilizadores. En ese camino, el Partido Justicialista intenta ponerle paños fríos a un enfrentamiento típico de las etapas de “pato rengo”, que se producen cuando un gobierno pierde una parte importante de su poder porque no tiene posibilidades de continuar ejerciéndolo. También intentará evitar que otra vez “los mercados” anticipen el final de un Gobierno, como ya lo hicieron en 1989, en 1999 y en 2001.

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